Entre los escombros, no detrás de ellos: ¿Dónde estaba Dios durante el terremoto de Venezuela?16 min read

Versión del primero de julio de 2026.

Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. (Apocalipsis 21:3-5)

El 24 de junio de 2026, a las seis y cuatro minutos de la tarde, un gran terremoto sacudió los estados Yaracuy y Carabobo, en Venezuela. Treinta y nueve segundos después, mientras el país aún contenía el aliento tras el primer golpe, un segundo sismo, más severo que el anterior, se encargó de derribar cuanto el primero había dejado en pie. Sucedió en día feriado: la nación conmemoraba la batalla de Carabobo, y en los pueblos del centro y del litoral se celebraban, además, las fiestas de San Juan. Por ello, la mayoría de los comercios estaban cerrados y casi todas las familias del país estaban en casa o en la calle, entregadas a la fiesta. La prensa no ha dejado de subrayar que la nación fue sometida al yugo de la tierra el día mismo en que celebraba haberse librado del yugo de los hombres. Es un sentimiento común, y en absoluto reprochable, preguntarse, a la luz de todo esto: ¿por qué?

I

Esta pregunta no es nueva para la historia venezolana, en realidad. La conoció el Jueves Santo de 1812. Aquel año un terremoto arrasó Caracas, La Guaira, Barquisimeto, Mérida y San Felipe —el mismo San Felipe que dos siglos después volvería a temblar—, y se llevó consigo un número de vidas que las crónicas sitúan, con la imprecisión inevitable propia de estas cosas, entre quince mil y veintiséis mil. Ocurrió mientras las iglesias estaban llenas de fieles en la liturgia de Semana Santa, de modo que muchos de los muertos lo fueron con el rezo todavía en los labios, sepultados bajo los techos de la casa de Dios, a la que habían acudido para buscar refugio en Su amor. Y ocurrió, además, en el peor momento posible: apenas un año después de haber declarado la independencia, la causa republicana no contaba aún con ejércitos firmes, ni con lealtades seguras y aun menos con tiempo para consolidarse. La Primera República, débil, dividida, apenas sostenida, recibió el temblor como un tiro de gracia.

Los sacerdotes leales a la Corona no tardaron en ofrecer la lectura que creyeron que la ocasión les pedía: que aquello era un castigo de Dios contra la rebelión. Meses después, cuando las tropas realistas retomaron Caracas, el propio arzobispo insistiría en ella desde el púlpito. No fue una ocurrencia marginal ni pasajera, lamentablemente. Encontró un eco profundo en una población ya aterrada, y Domingo de Monteverde supo aprovecharla en su imponente campaña de reconquista, ante la cual pueblos enteros se rindieron sin resistir, convencidos de que resistir a los realistas era resistir a Dios.

Contra esa interpretación clerical de los hechos, la tradición ha conservado una respuesta, supuestamente dicha por Simón Bolívar: que, si la naturaleza se oponía a la causa de la libertad, esa misma causa lucharía contra la naturaleza… y la doblegaría. Poco importa, para lo que aquí interesa, si la frase fue pronunciada exactamente así, con esas mismas palabras y bajo ese mismo cielo. Lo que importa es que el país no se quedó, como memoria colectiva, con la lectura del arzobispo, sino con la negativa a leer en el sufrimiento la letra de una sentencia. Esa negativa no es, por supuesto, un invento de Bolívar ni un patrimonio exclusivo de Venezuela; es tan vieja como el instinto humano de no rendirse ante lo que nos aplasta. Pero pocas tierras la han repetido con tanta terquedad como esta, que tiembla y se levanta, tiembla y se levanta. Vive en la sangre de Venezuela desde antes de que poseyese ese nombre.

II

Por supuesto, no debemos alinear 1812 y 2026 tal como si el tiempo se repitiera en círculos ordenados. Ninguna catástrofe es idéntica a otra; y esta trae consigo algo que aquella apenas conocía: la pregunta sobre la responsabilidad humana.

Tiembla la tierra sin mirar a quién: igual bajo el techo de zinc que bajo el techo de concreto armado, igual bajo el rico dormido en sábanas limpias que bajo el pobre dormido donde puede. Es ciega, la tierra; y en su ceguera hay una suerte de justicia elemental. Pero no todos los edificios caen igual. Numerosos especialistas consultados en los días posteriores al sismo han coincidido en que la magnitud del desastre desborda, con mucho, la fuerza del movimiento telúrico, y que gran parte de sus verdaderas raíces hay que buscarlas en las obras del hombre; de entre las cuales son especialmente llamativas las décadas de edificaciones sin mantenimiento, las normativas sismorresistentes cuya existencia consiste única y exclusivamente en papel y en la construcción de escuelas con sistemas ya señalados como vulnerables desde el terremoto de Cariaco de 1997. Hay que buscarlas también, ahora se sabe, en dos estudios técnicos —uno de 2023, otro de 2025— que advirtieron de forma en absoluto imprecisa sobre el riesgo de colapso de torres de más de veinte pisos levantadas sobre suelos blandos y cuyas recomendaciones de refuerzo nunca salieron de los informes que las contenían. A esto se suma, por último, un factor que no es responsabilidad de nadie: buena parte del litoral central —La Guaira, Catia La Mar y Caraballeda— está construido sobre sedimentos blandos y rellenos que amplifican, por su sola naturaleza física, cualquier sacudida.

Ya no basta con mirar un solo mal, homogéneo y anónimo, y preguntarse por qué lo permitió Dios, por tanto. Hay una capa de mal que pertenece al orden ciego de la naturaleza: las placas del Caribe y de Suramérica rozándose bajo tierra, sospchosamente indiferentes a calendarios y a santo; y hay otra que pertenece al orden de las decisiones humanas. Confundir estas dos capas sería, obviamente, un error. Pero separarlas del todo, como si fueran preguntas distintas con respuestas distintas, sería otro: el hombre que construye mal, que no fiscaliza, que aplaza lo urgente, no deja de ser, también, naturaleza; parte, es decir, del mismo mundo que tiembla, alcanzado por la misma pregunta sobre el origen de todo lo malo de este mundo.

III

No creo que exista una respuesta capaz de satisfacer del todo a quien, con un hijo bajo los escombros de un edificio en Tanaguarena o en Catia La Mar, pregunte por qué. No la tengo yo, ni la tiene ningún teólogo, independientemente de cuán opulento sea su léxico o cuán sutiles sus distinciones ontológicas. Cualquiera que pretenda ofrecer una explicación definitiva a ese dolor concreto, en este preciso instante de agonía, está mintiendo, o, en el mejor de los casos, está discurriendo sobre un universo que no es el nuestro.

Sin embargo, existe una interrogante más honesta y urgente: no el manido «¿por qué permitió Dios esto?», sino «¿qué clase de Dios es el que permite esto con un propósito calculado? ». En un país profundamente creyente como Venezuela —ya sea por su catolicismo sincrético o por su evangelicalismo pentecostal, que usa el lenguaje de la «voluntad de Dios» con tanta libertad— es tentador deslizarse hacia la fantasía de que este sismo fue un mensaje cifrado, un estallido de ira punitiva dirigido a una nación por sus pecados particulares. Es la misma idiotez moral, apenas con otro ropaje, que sostuvieron los sacerdotes realistas de 1812: una lógica que reduce al Creador a un demiurgo limitado, atrapado en una economía de deudas y sacrificios necesarios.

Frente a esa imagen, debe afirmarse con toda la severidad que el momento permite que esa no es la visión de Dios que la tradición cristiana ha creído históricamente. Un dios que calcula tolerancias sísmicas para el suplicio humano, que decide de forma perversamente precisa que un edificio en La Guaira debe sepultar a una familia dormida como parte de un «plan superior» ininteligible, no es el Dios al que se dirigen los salmos de lamento, ni el Dios que en el libro de Job reprendió a los amigos que insistían en que el sufrimiento debía tener una causa moral proporcional. Ese es, más bien, un dios contable, una deidad que balancea un sistema de necesidad sacrificial donde cada desgracia tiene su justificación extrínseca. Semejante entidad podrá impresionar por su simetría lógica, pero carece de la belleza necesaria para ser amada y, ciertamente, de la realidad necesaria para ser creída.

El Dios en quien todavía podemos confiar, después de que la tierra devorara la esperanza misma de nuestros hijos, es uno que, en lugar de decretar la caída de un edificio, se hace uno con nosotros, más bien, en un mundo ya herido, quedándose entre los escombros del derrumbe, para que nadie tenga que estar ahí solo. No es un demiurgo calculando tolerancias sísmicas para el dolor humano. Es alguien que llora de verdad frente a una tumba que Él mismo podría abrir. El mundo, así entendido, no es la realización perfecta de un diseño divino en cada uno de sus pormenores, sino una sombra de la creación verdadera que arrastra sus propias fallas geológicas junto a sus fracturas morales; es una realidad que gime, en ansiosa espera de una restauración universal que, aunque ya ha sido ganada, todavía no ha alcanzado su plenitud en la finitud de nuestro tiempo.

IV

Queda, sin embargo, una pregunta. Hasta aquí he sostenido que en esta tragedia convergen dos formas distintas del mal, cuya diferencia conviene preservar precisamente para comprender mejor la profunda unidad que las vincula. Una pertenece al orden físico: la violencia de la tierra, ignorante de la compasión y cuya historia geológica transcurre con absoluta indiferencia hacia la fragilidad de nuestras vidas. La otra nace de la voluntad humana: de la negligencia, la corrupción, la indiferencia y todas aquellas decisiones por las que el sufrimiento, siendo ya inevitable en alguna medida, termina multiplicándose perversamente.

¿Por qué ambas cosas parecen encontrarse con tanta frecuencia? ¿Por qué una falla tectónica y un informe técnico abandonado en un archivo pueden formar parte de una misma tragedia? La respuesta que ofrece el cristianismo es un lenguaje que, si bien no elimina el misterio, permite saber de su existencia y vislumbrar algo de su contenido. Cuando el apóstol san Pablo habla en sus cartas a los efesios y a los colosenses de «tronos», «dominios», «principados» y «potestades», se refiere de poderes llamados a sostener el orden de la creación (sean estas regencias angélicas o instituciones que ordenan la vida humana, da igual) que, de algún modo todavía oscuro, han dejado de servir al bien para el que existen. Lo que, en principio debe custodiar la vida, volviéndose contra ella. Por eso el lenguaje paulino puede abarcar, sin violentarse, realidades muy distintas entre sí. Puede referirse a un gobierno que abandona la misión para la que fue instituido y convierte la protección del débil en un ejercicio rutinario de indiferencia, o bien a reglamentos de construcción que son prácticamente ficciones en el papel; o incluso al orden mismo de una naturaleza que, sin voluntad alguna, libera en pocos segundos la energía acumulada durante siglos bajo la superficie de la tierra. El cristianismo no afirma que todas esas cosas sean idénticas, pero sí que todas participan, de un modo particular, de una creación, buena fundamentalmente porque procede de Dios, que no descansa plenamente en el fin para el que fue creada.

Eso no significa que un demonio derribara un edificio en Catia La Mar o susurrara al oído del funcionario que decidió archivar una advertencia técnica. Sería una caricatura de la doctrina cristiana. Pero tampoco significa que el universo esté dividido entre una naturaleza completamente ajena a toda consideración moral y una historia humana donde el mal aparece únicamente como la suma de decisiones individuales. La visión bíblica es más compleja que esa separación. Entiende que tanto la materia como el poder, tanto las instituciones como la voluntad humana, participan de una misma condición de fractura, de un mundo que, en la sombra de su bondad originaria, manifiesta dolorosamente que algo en él no se encuentra donde debería. Quizá por eso resulte tan revelador que, desde hace años, numerosos ingenieros venezolanos hayan advertido sobre las deficiencias estructurales de buena parte del parque habitacional. Los periódicos reportan construcciones levantadas con prisa, estudios de suelo inexistentes o ignorados, edificios que nunca fueron reforzados después de los terremotos de 1967 y 1999 y reglamentos que sobrevivían únicamente en expedientes administrativos mucho antes de desaparecer del concreto mismo. La tierra puede temblar sin pedir permiso, pero que miles de personas mueran por edificios incapaces de resistir ese temblor pertenece ya a otra historia.

Esta forma de comprender las cosas también conoce, por supuesto, sus propios límites. No explica por qué una familia quedó sepultada mientras la casa vecina permaneció intacta. Ni la insoportable precisión con la que un segundo movimiento terminó de derribar aquello que el primero había dejado en pie. Ni por qué arquitecturas regidas por estándares modernos sucumbieron mientras edificios centenarios permanecieron incólumes. En ese punto seguimos habitando el misterio. Pero precisamente porque reconoce ese límite, hace necesaria una vigilancia constante. Hablar de «poderes» o de una creación desordenada puede convertirse, si no somos cuidadosos, en una forma elegante de eludir responsabilidades perfectamente identificables. Sería una perversión del lenguaje cristiano invocar la restauración futura de todas las cosas para dejar de preguntar quién decidió que un estudio geotécnico podía esperar, o quién fue el que firmó un permiso que no debía ser concedido o quién aceptó que la seguridad pública fuera sacrificada en nombre de la prisa, del beneficio o de la indiferencia. El vocabulario de la esperanza jamás puede convertirse en refugio para la irresponsabilidad. Cuando eso ocurre, la teología deja de ser una defensa de la verdad y empieza a servir, simplemente, como el último escondite de la mala conciencia.

V

No es eso, desde luego, lo que intento decir. La misma tradición teológica que rechaza la imagen de dios tal como un contable del sufrimiento, distribuyendo desgracias con un propósito oculto, también afirma que el amor no es aprender a olvidar. ¡Para nada! Amar es recordar; es hacer justicia a la memoria de quienes padecieron y negarse a que el tiempo, o la comodidad de los supervivientes, cubra de silencio lo innecesario. El amor verdadero, el amor cristiano, es llamar las cosas por su nombre, reconociendo la corrupción que hizo posible que un informe técnico decisivo permaneciera olvidado en un archivo o la negligencia que autorizó la construcción de edificios cuyos defectos eran conocidos antes de que llegaran a habitarlos decenas de familias; la indiferencia que, pudiendo evitar parte del desastre, prefirió mirar hacia otro lado.

Venezuela vive sobre un territorio modelado por el lento e incesante movimiento de placas tectónicas, una realidad completamente ajena a nuestros deseos y a nuestras explicaciones religiosas. Precisamente por eso, ser fieles al Evangelio consiste no en buscar un significado secreto detrás de cada terremoto sino en buscar impedir, con todos los medios a nuestro alcance, que la desidia, la corrupción o la codicia conviertan escuelas, hospitales y viviendas en trampas mortales que esperan el siguiente temblor. Odiar el mal no significa rebelarse contra la condición finita del mundo, sino contra aquellas decisiones humanas que hicieron mucho más cruel un sufrimiento que no tuvo razón de alcanzar semejante magnitud.

VI

Hacia la medianoche del 24 de junio, en un momento en el que el gobierno todavía era incapaz de ofrecer siquiera un balance aproximado de las víctimas, los vecinos de La Guaira ya removían los escombros con las manos desnudas. La maquinaria pesada tardaba en llegar; la ayuda oficial, según relataron entonces quienes estaban allí, era insuficiente y desordenada. Pero había gente atrapada bajo el concreta y ese solo hecho bastaba para volver irrelevante cualquier otra consideración. En momentos así nadie espera instrucciones; y mucho menos una explicación capaz de reconciliar el dolor con algún supuesto designio.

Los días siguientes no hicieron sino agravar la magnitud de la tragedia. Los treinta y dos muertos confirmados durante la primera noche pronto se convirtieron en cientos y, una semana después, en mil novecientos cuarenta y tres, mientras más de diez mil heridos saturaban hospitales improvisados y La Guaira seguía sin poder contar a todos sus desaparecidos. El número no se cerraría en las proximidades; parecía que el desastre se estiraba a pesar de haber terminado el temblor. Entretanto comenzaron a llegar brigadas internacionales de rescate, suministros médicos y donaciones procedentes de distintos lugares del mundo. Sin embargo, por encima de las cifras hubo historias. Una banda completa sorprendida durante un ensayo y un futbolista de apenas dieciocho años que murió junto a su novia, por ejemplo. Tal vez toda catástrofe necesite conservar algunos nombres y algunos rostros para impedir que el sufrimiento acabe reducido a una cifra inmensa, fría y, con el paso del tiempo, casi imposible de imaginar.

No creo que a quienes cavaban desesperadamente entre aquellas ruinas, ni a las familias que esperaban noticias de los suyos, pudiera ofrecerles verdadero consuelo una explicación, por refinada que fuese, acerca de las razones por las que Dios habría permitido semejante devastación. Esa carga no les pertenece. Si alguien tiene la responsabilidad de pensar estas cosas, somos quienes permanecemos con vida y todavía disponemos de la serenidad necesaria para hacerlo. Quizá esa sea la razón precisa por la que debemos entender que no tenemos derecho a convertir una tragedia así en el instrumento de un bien oculto que nadie alcanza a ver, ni a llamarla castigo, prueba o advertencia divina para tranquilizar nuestra necesidad de encontrar sentido. Lo único moralmente digno es reconocer en ella una derrota, una irrupción intolerable de la muerte, algo que merece ser combatido y llorado. Y si de esa contemplación ha de nacer alguna obligación, será la de impedir, hasta donde dependa de nosotros, que la negligencia vuelva a entregar tantas vidas al mismo destino, mientras conservamos la obstinación; la obstinación venezolana de, estando entre las ruinas de Caracas, negarse a a creer que la destrucción puede tener la última palabra.


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