HeyStories

El sitio de David I. Fararoni

Hechos en la Mesa del Señor

Desde el fondo del cáliz: I

Miras al niño que duerme, o acaso a la esposa cuya mano sostienes al final de una jornada fatigosa; e incluso, si eres capaz de mirar con los ojos del Espíritu, contemplas al desconocido fatigado que reclina la cabeza en el vagón del tren, ajeno al ruido del mundo que lo transporta. ¿Qué es lo que despierta entonces en tu pecho? ¿Qué es esta ternura, tan semejante a un dolor físico, que sube a la garganta y amenaza con desbordarse en lágrimas? No es la admiración ante su fuerza, porque la fuerza se ha retirado; no es el asombro ante su elocuencia, porque sus labios están mudos; no es tampoco el respeto ante su voluntad activa, pues esa voluntad se encuentra ahora suspendida en un abismo que ella misma no puede medir. No puede ser, por tanto, otra cosa más que la repentina e insoportable revelación de su indefensión.

El hombre despierto es, casi siempre, un hombre acorazado. Va por el mundo vestido con sus logros, protegido por sus pretensiones y asido fuertemente al timón de su propio control. Nos habla desde su fortaleza y le respondemos desde la nuestra. Pero míralo ahora, cuando el sueño ha soplado sobre él. Las armas han caído de sus manos; la máscara de la autosuficiencia se ha desvanecido de sus facciones. ¿Dónde está ahora su orgullo? ¿Dónde su necesidad de parecer fuerte ante sus semejantes? Todo ha desaparecido, y no queda allí sino una criatura desnudada de toda defensa, expuesta al frío, al peligro y al juicio ajeno. Alguien que no puede hacer nada por sí mismo, que ha entregado las llaves de su casa al silencio de la noche. Y es precisamente en esta capitulación forzosa donde el ser humano nos resulta, por fin, infinitamente amparable y digno de amor.

Nos pasamos la vida edificando monumentos a nuestra propia soberanía, creyendo que seremos amados en la medida en que seamos formidables. Pero Dios, que conoce el barro del que estamos hechos, ha dispuesto que nuestra mayor belleza resplandezca cuando cesamos de sostenernos a nosotros mismos. El cuerpo que duerme realiza, sin saberlo, la más alta confesión que una criatura puede hacer: la de su dependencia radical. Mientras su voluntad consciente calla, ¿quién hace latir ese corazón? ¿Quién introduce el aire en esos pulmones que el durmiente ha olvidado gobernar? Es el Padre, que se inclina sobre el lecho para mantener el fuego de la vida mientras el hijo descansa. En el sueño, el hombre regresa a los brazos de su Hacedor, se vuelve un niño otra vez, y la ternura que sentimos al velarlo no es sino un eco pálido, un destello fugaz, del amor protector y casi doloroso con el que el Dios vivo contempla nuestra debilidad.

Si Dios, que es el amor infinito, deseaba revelarse a sus criaturas en su hora más sagrada y cercana, ¿cómo habría de venir? No podía descender rodeado de un esplendor que nos hiciera retroceder temblando; el amor verdadero nunca busca el temor, sino la cercanía consoladora. Él tenía que venir de un modo tan desarmado que hasta el alma más temerosa o herida pudiera acercarse sin miedo a ser rechazada. Y no una sola vez, en un rincón remoto de la historia, sino cada vez que su pueblo se congrega para partir el pan y levantar la copa en su memoria. Por eso la Iglesia ha puesto la Mesa del Señor en el centro mismo de su adoración: se trata del lugar donde la Palabra predicada se hace no solo visible, sino comestible; donde la promesa del Evangelio —que Cristo se entrega por nosotros— toma la forma más viva posible para que ningún corazón quede afuera por miedo o por indignidad. Domingo tras domingo, la congregación vuelve a ese mismo umbral desarmado. Míralo entonces allí, en la quietud de la Mesa.

El Señor de la Vida se nos ofrece bajo la forma más pasiva, muda y dependiente que podamos concebir: en, con y por un pan que se parte sobre un mantel. No grita en las calles; tampoco se defiende; aun menos impone su presencia. Se entrega por entero a nuestra voluntad: para ser tomado, para ser partido y para ser recibido; o, desdichadamente, para ser ignorado y pisoteado por nuestra prisa y nuestra indiferencia.

¿No es este, acaso, el mismísimo «sueño» de Dios entre nosotros? Así como un hijo pequeño se entrega a la noche, confiando ciegamente en que su madre o su padre velará su lecho, así el Hijo de Dios se entrega a las manos de los hombres, desprovisto de todo poder que no sea el de dejarse amar. Él no viene a arrebatarnos el control con la fuerza de un soberano, sino a derretir nuestro orgullo con la conmovedora vulnerabilidad de su entrega. En esa Mesa, Cristo nos dice: «Mírame; estoy aquí, tan silencioso y desprotegido como el ser que amas cuando duerme. No tengas miedo de mi grandeza; déjate conmover por mi debilidad. Acércate. No voy a herirte. Déjame entrar».

He aquí uno de los misterios más hondos de la Santa Cena: que el Todopoderoso ha escogido esperar antes que imponerse. Esperarnos. Permanecer fiel a su promesa, domingo tras domingo, cada vez que su pueblo se congrega en torno a la Mesa y el pan se parte en su nombre, mientras nosotros llegamos con nuestras preocupaciones, nuestras prisas y nuestros pequeños orgullos. Él permanece fiel a lo prometido, dispuesto a encontrarnos allí donde su Palabra y su Cena convergen. Como permanece un padre junto a la cama de su hijo dormido, velando un sueño que el niño ni siquiera sabe que está siendo custodiado. Por eso, cuando alguna vez nos arrodillamos ante Él con el corazón cansado, herido o simplemente vacío, lo que nos conmueve no sea solamente saber que Dios está, de hecho, allí, sino descubrir que siempre lo ha estado, esperándonos con una inmerecida paciencia. Allí, tan indefenso como el amor mismo, Cristo nos confía su silencio para que, por fin, nosotros podamos dejar de defendernos.

No hay paz verdadera sino en la renuncia a gobernarnos a nosotros mismos. Ojalá llegue el día en que, despiertos, sepamos entregarnos al Padre con la misma confianza absoluta con la que nuestros cuerpos se entregan cada noche a las sombras del sueño. Ojalá aprendamos a cerrar los ojos del alma y a descansar, sin miedo, en las manos de Aquel que conoce cada una de nuestras heridas, cada uno de nuestros temores y hasta aquellas lágrimas que no hemos sabido derramar. Porque la santidad consiste, después de todo, en esto: en dejarnos amar con la misma confianza con la que un niño dormido se deja velar. Y cuando llegue nuestra última noche, cuando ya no podamos sostenernos por nosotros mismos y todas nuestras fuerzas hayan callado, que podamos abandonarnos así en sus manos, sabiendo que no caeremos en el vacío sino en los brazos del Padre. Que podamos entonces descansar en Él, por fin sin miedo, mientras Aquel que nunca duerme vela nuestro sueño.

Del Libro de Oración Común (2019) de la Iglesia Anglicana en Norteamérica:

Sé nuestra luz en la oscuridad, oh Señor, y en tu gran misericordia defiéndenos de todos los peligros y riesgos de esta noche; por el amor de tu único Hijo, nuestro Salvador Jesucristo. Amén. […] Está presente, oh Dios misericordioso, y protégenos por las horas de esta noche, para que nosotros, cansados por los cambios y azares de esta vida, podamos descansar en tu eterna inmutabilidad. […] En tus manos encomiendo mi espíritu; porque tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad. […] Guárdame como a la niña de tus ojos; escóndeme bajo la sombra de tus alas. […] El Señor Todopoderoso nos conceda una noche apacible y un fin perfecto. Amén. (Completas o Compline)

Oh Dios, a quien santos y ángeles se deleitan en adorar en el cielo: permanece siempre con tus siervos en la tierra, que buscan, por medio del arte y de la música, perfeccionar las alabanzas de tu pueblo. Concédeles, aun ahora, verdaderos vislumbres de tu belleza, y hazlos dignos de contemplarla finalmente sin velo por siempre; por Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Por los músicos y artistas de la Iglesia)

Deja un comentario