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El sitio de David I. Fararoni

¿Dónde buscar al que vive?

Jean-François Millet, Las espigadoras (1857)

Escribí originalmente estas palabras hace algunos meses, tal como un devocional que preparé por invitación de un grupo cristiano en línea. Al volver a ellas recientemente, encontré algunas ideas que todavía me parecían dignas de conservar y muchas otras que necesitaban mayor claridad; el texto que sigue es el resultado de esa revisión. Debo reconoce, una deuda considerable con el reverendo George MacDonald, particularmente con su sermón «Love Thy Neighbour», de los Unspoken Sermons. Espero que algo de lo que sigue pueda ser de provecho para quien lo lea.

Versión del 11 de agosto de 2026.

Arnold Böcklin, La isla de los muertos (1880–1886).

Todavía está oscuro cuando las mujeres salen de casa. Jerusalén, que apenas comienza a desperezarse, les ofrece poco más que unas calles silenciosas y el frío penetrante de las horas que preceden inmediatamente al amanecer. Ellas caminan muy cerca una de la otra, apretando contra sus pechos los aromas y la mirra que han preparado, habiendo dormido poco, si es que han dormido. Nada en aquella hora sugiere otra cosa que la consumación de una derrota. A diferencia de nosotros, ellas no conocen el desenlace de la historia, y no se les cruza por la cabeza que al término de aquel camino pudiera aguardarlas un milagro; nosotros, en cambio, que acompañamos su marcha hacia el sepulcro desde la orilla opuesta de la Pascua, la seguimos provistos de una esperanza enteramente ajena a su experiencia, una esperanza que altera irremediablemente nuestra lectura de lo que están a punto de vivir: sabemos, y ellas no, que las cosas no tienen por qué terminar necesariamente como las hemos visto terminar.

Sospecho que no hablaron mucho durante el camino. Lo primero que el Evangelio conserva de sus palabras, en todo caso, es una pregunta enteramente terrenal: «¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?». Esta pregunta es una que a primera vista carece de todo espesor teológico. Sin embargo, precisamente por su pequeñez, es enormemente reveladora, pues nos dice todo lo que hace falta saber acerca del estado de sus almas: para ellas, Jesús está detrás de aquella piedra, y detrás de aquella piedra han quedado igualmente las esperanzas que depositaron en Él, los días que pasaron a su lado, las palabras que le escucharon decir y, en suma, el Reino de Dios mismo. Todo eso pertenece ya al pasado, y sería una impertinencia insolente juzgarlas por pensarlo así, puesto que se trata sencillamente de la inferencia más razonable que cabe extraer de lo que han vivido: el arresto, la condena, la muerte —algunas de ellas lo bastante cerca de la cruz para oír sus últimas palabras— y después el descolgamiento y el depósito, en un sepulcro prestado, del cuerpo ya sin vida de aquel a quien habían llamado salvador. Para ellas, esos títulos ahora no sirven más que para medir la distancia entre lo que se esperaba de Él y lo que la muerte, que se caracteriza por su falta de consideración por nuestras expectativas, decidió finalmente concederles.

Porque la muerte es, después de todo, la única experiencia humana de la que ninguna generación ha conseguido jamás eximirse, ni mediante la sabiduría de los filósofos ni mediante el poder de los príncipes: podemos resistir la enfermedad, sobrevivir a la violencia y reconstruir buena parte de lo que dábamos por definitivamente perdido, pero ante la muerte sobreviene siempre, tarde o temprano, el momento en que nuestras manos, contra el orgullo que surge por su poder de curar, proteger y de reparar, descubren que ya no les resta nada que hacer; y entonces, humilladas, se dedican a lamentarse, que es lo único que pueden hacer ante lo irreversible.

Cuando llegan, sin embargo, la piedra ha sido removida y el cuerpo que esperaban encontrar ya no está allí. Su primera reacción no es, naturalmente, la alegría. Al contrario, sienten un gran miedo y estupor. Entonces dos hombres con vestiduras resplandecientes les preguntan: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Para quienes hemos crecido dentro de la fe cristiana, oyendo desde la infancia el relato de la tumba vacía y sabiendo de antemano cómo, de forma superficial, termina la historia, no es difícil comprender su poder de interrogarnos. Usualmente la reducimos a un anuncio en un registro misterioso de la resurrección, y no captamos ni su dimensión correctiva —la forma en la que reorienta la naturaleza de la búsqueda desde su misma raíz— ni la magnitud en ella contenida, por la cual trasciende a las historias de la aparición del Cristo resucitado a un puñado de sus discípulos del siglo I. Es una pregunta, quiero decir, que ha quedado abierta para todas las generaciones de cristianos; los cuales, profesando la resurrección con la boca llena de razón, no necesariamente han sabido buscar a aquel que resucitó.

Diego Velázquez, La mulata (c. 1618-1622).

Uno de los rasgos más misteriosos entre todo el amalgama de enigmas que podemos encontrar en las historias de los encuentros con Cristo resucitado es su naturaleza tan cambiante rápidamente. A veces sus apariciones tienen una cotidianidad conmovedora: come pescado a la orilla del mar y permite que Tomás toque sus heridas. Otras veces, en cambio, irrumpe de la nada y se desvanece como un soplo. En ambos casos, sin embargo, parce haber un patrón: Cristo resucitado suele aparecer justamente en el momento de irse.

Pensemos en el camino a Emaús. Camina con dos de sus discípulos durante horas. El sol cae sobre el polvo del camino. Ellos hablan de su tristeza y de sus esperanzas rotas. No hay, tal vez, en todo el Evangelio, expresión más triste que el «nosotros esperábamos» de Lucas 24:21. Él les explica las Escrituras. El corazón les arde…, pero sus ojos siguen velados. No saben quién es. Solo lo reconocen en la intimidad de partir el pan. Y en ese mismo instante, desaparece.

Lo que esta escena nos dice es que el sepulcro vacío no significa que Jesús haya pasado a ocupar un pedestal más alto. No es un antepasado ilustre al que erigimos un monumento para visitarlo en fechas señaladas, ni una figura que se guarda con afecto en el recuerdo para los cultos de Pascua antes de devolverla, puntualmente, a su sitio. A los grandes hombres del pasado podemos recordarlos, estudiar sus palabras y regresar después sin sobresalto a nuestros propios asuntos, tranquilos en la certeza de que permanecerán exactamente donde la historia tuvo la deferencia de dejarlos; con Jesús, el Evangelio nos niega esa tranquilidad. No hay que buscarlo entre los muertos, porque Él está en otra parte. Al no estar en ningún lugar específico, Él está, por así decirlo, potencialmente en cualquier lugar. Y como puede aparecer sin ser reconocido, siempre existe la posibilidad de que nos crucemos con Él en el camino y jamás nos demos cuenta.

¿Dónde hay que buscar, entonces, al que vive? Está oculto; y sin embargo se nos ofrece con una disponibilidad casi excesiva, incluso indecorosa para lo que esperaríamos de lo divino, en los rostros mismos de quienes nos rodean: en el rostro del pobre, del oprimido, del extranjero, del preso y de todo aquel que sufre.

Jean-François Millet, Las espigadoras (1857).

Si queremos saber con exactitud dónde buscarlo, el Evangelio nos ha dejado un mapa. Es esa escena estremecedora del capítulo 25 de San Mateo. Allí, Jesús describe al Hijo del Hombre viniendo en su gloria, congregando ante sí a todas las naciones y apartando a unos de otros como el pastor aparta las ovejas de los cabritos. Para la pregunta que venimos siguiendo, lo decisivo no es el aparato de la escena —ni los ángeles, ni el trono y nisiquiera las naciones reunidas—, sino el criterio conforme al cual dicha separación es ejecutado. Uno esperaría que ante el Rey salieran a relucir las credenciales mayores de la vida religiosa. Sin embargo, el Rey no está interesado en cuánta teología sabíamos ni con qué puntualidad ocupábamos nuestro banco cada domingo. El texto nos conduce a otra parte:

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.

San Mateo 25:35-36.

He aquí uno de los grandes misterios de la fe cristiana, y también uno de los más resistidos. Quisiéramos reconocer a Cristo en lo extraordinario, que tendría al menos la ventaja de ser inconfundible y la de dispensarnos de buscar; pero Él ha elegido dejarse encontrar en necesidades que apenas consiguen llamar la atención. En alguien que tiene hambre y en alguien que está enfermo, por ejemplo; es decir, exactamente en los lugares donde a nadie se le ocurriría montar guardia. Todos esos lugares, por supuesto, tienen nombre y dirección en cualquier ciudad del planeta: comedores públicos, filas de hospitales públicos donde una madre espera desde antes del amanecer con un niño febril en brazos, la garita fronteriza, la casa donde una abuela cría a sus nietos porque los padres de éste tuvieron que irse a buscar trabajo, y así sucesivamente. Si el criterio del Rey es este, entonces el mapa de dónde buscarlo no es un mapa celeste: es, de forma bochornosamente literal, el mapa de nuestra propia ciudad.

Mateo 25 sitúa además ese encuentro en el presente. Solemos imaginar el juicio como un acontecimiento reservado a una lejana consumación de los tiempos, algo que sucederá algún día concreto en una fecha que no nos incumbe conocer, y en sentido literal el texto habla en efecto de ese día; pero cuando ese día llegue, las decisiones que allí queden al descubierto habrán sido tomadas mucho antes en circunstancias sin relieve, casi siempre sin solemnidad alguna y casi siempre sin que ni siquiera nosotros siquiera supiéramos que estábamos decidiendo algo. El juicio final es, después de todo, un episodio judicial y no uno legislativo, de modo que no instituye un criterio, sino que sólo exhibe uno que llevaba siendo toda la vida, cada vez que alguien tuvo hambre y nosotros hubimos de resolver si deteníamos el paso o seguíamos de largo. Por eso puede Jesús decir en el Evangelio de Juan que «[a]hora es el juicio de este mundo» (12:31).

Hay un sentido, pues, en que el juicio sucede justo en el momento en que el otro nos interpela. Y para calibrar lo que está en juego no hace ninguna falta convocar primero el gran escenario del último día con su iconografía apocalíptica; basta una necesidad muy concreta: quien pide alimento, el enfermo que espera compañía o la persona a quien nos resultaría mucho más cómodo no haber visto. Ante tales situaciones podemos detenernos o proseguir nuestro camino, y podemos además —criaturas ingeniosas que somos— encontrar razones perfectamente sensatas para no involucrarnos, tal como la prisa, el cansancio, la desconfianza o la suposición de que alguien más se ocupará. Según Mateo, esas decisiones ordinarias, tomadas en contextos ordinarios y a menudo sin memoria, revelan algo que acaso solo comprendamos del todo cuando también nosotros preguntemos: «Señor, ¿cuándo te vimos?». Esa pregunta no brota ex nihilo. Debería acompañarnos desde ahora, cada vez que el hambriento, el enfermo o el forastero se cruza con nosotros sin que sepamos que es Él.

La Iglesia ha padecido siempre, lamentablemente, la tentación de dilatar esta urgencia, a veces incluso con un talento de proporciones olímpicas. Le ha resultado, pues, invariablemente más grato especular sobre la mecánica del final de los tiempos —«¿cuándo ocurrirá?», «¿qué imperio corresponde a qué cuerno de qué bestia?»— que preguntarse qué piensa hacer esta tarde ante el dolor concreto de una persona con nombre; y no es difícil entender por qué, ya que la primera ocupación tiene todo el prestigio de lo escatológico sin exigir absolutamente nada, mientras que la segunda exige todo sin conceder prestigio alguno. Cabe asimismo refugiar a Cristo en el pasado, convirtiéndolo en una figura que se recuerda reverentemente, o bien relegarlo al futuro y pensarlo únicamente como el juez que vendrá algún día. Ambas operaciones, por opuestas que se presenten, prestan idéntico servicio, pues las dos consiguen situarlo a una distancia desde la cual no puede interrumpirnos.

Hay que buscar a Cristo donde Él ha dicho que se deja encontrar. Y ese sitio no tiene sino el rostro de la persona que tenemos delante.

Pieter Bruegel el Viejo (atribuido), Paisaje con la caída de Ícaro (c. 1558).

Siempre me ha fascinado la escena de Jesús ante Pilato en los relatos de la Pasión. Vista desde fuera, no parece que haya mucho que discutir acerca de cuál de los dos detenta el poder. Pilato comparece revestido de Roma, a su espalda están los soldados y la ley del Imperio; puede interrogar, exigir respuestas, disponer del hombre que le han traído. Mientras que Jesús es un hombre maltratado, maniatado, abandonado por casi todos los suyos, sin ejército ni rango que lo ampare y sin nadie con autoridad dispuesto a interceder por Él. Para el derecho romano, de hecho, era non habens personam, esto es, «el que no tiene persona ante la ley»: carecía de todo estatuto legal que lo hiciese comparecer como sujeto de derechos, por lo que su cuerpo era algo disponible para la sentencia de otro precisamente porque ante la ley no era, en sentido estricto, nadie. Si la escena hubiera llegado hasta nosotros desnuda de cuanto sabemos por el cristianismo, ninguno de nosotros habría dudado un instante acerca de quién juzga y quién es juzgado.

Pero el Evangelio invierte enteramente esa lectura. El hombre sin persona ante la ley romana es, se nos dice, el Juez del universo; el hombre maniatado es el Rey. Pilato dicta sentencia sobre aquel ante cuyo tribunal habrá de comparecer un día toda sentencia humana, incluida la suya; y hasta la vida que se cree facultado para quitar le ha sido entregada por quien podía no entregarla. La cruz lleva la inversión más lejos todavía. Roma la había perfeccionado como instrumento de humillación pública, calculado hasta el último detalle para exhibir al condenado y despojarlo de cualquier residuo de dignidad, de modo que la muerte fuese, además, una pedagogía del terror para quien mirase. Pero sobre ese mismo patíbulo obsceno la Iglesia se atreverá luego a pronunciar la palabra trono y la palabra gloria. Si Dios pudo ser confundido con un reo sin persona, y si su gloria pudo permanecer oculta bajo la figura de un hombre vencido y ridiculizado, entonces nuestras medidas habituales de grandeza y de poder —que aplicamos no menos dentro de la Iglesia que fuera de ella— han perdido definitivamente el derecho a nuestra confianza.

En el Antiguo Testamento existe cierta anticipación de la lógica de la cruz. El Dios de Israel había prohibido, desde el principio de la historia del pacto, que se le tallara imagen alguna en piedra o madera; no, según parece, por simple recelo hacia el arte, sino porque toda imagen fija a su modelo en una forma, y Dios se niega a quedar fijado en ninguna: ni siquiera en la más noble y ni siquiera en la más bella. Y si Dios rehúsa la estatua —y esta es, sin duda, una de las expresiones más claras de la voluntad de Dios en toda la Escritura—, es un Dios que, por definición, ha de buscarse en otra parte. De ahí que los profetas proclamaran que su gloria iba más allá de las paredes del Templo, residiendo, con tanta legitimidad como en el Arca, en la viuda, en el huérfano y en el extranjero que habitaba entre ellos.

La cruz nos obliga a sospechar de aquellos lugares donde con mayor frecuencia esperaríamos hallar a Dios. Si entráramos en un tribunal buscándolo, nuestra mirada se dirigiría instintivamente hacia lo alto, hacia el estrado. El Evangelio, sin embargo, nos obliga a bajar los ojos y nos dice que Dios no está sentado allí, sino de pie ante éste, ocupando el lugar el de quien comparece antes que en el del que juzga.

Nikolái Ge, ¿Qué es la verdad? Cristo y Pilato (1890)

No hay duda de que ser reconocido como alguien con rostro es uno de las necesidades más hondas del ser humano, acaso la más fundamental. Que haya, quiero decir, quien retenga nuestro nombre, escuche nuestra historia y sepa ver algo más que aquello por lo cual los demás nos clasifican (y, clasificándonos, nos despachan). Buena parte del ministerio de Jesús puede contemplarse desde ahí. Ante un leproso, a los demás les parecía que la palabra «impuro» lo decía todo, y en cierto modo tenían razón. Pues lo decía todo salvo lo único que importaba. Jesús veía a un hombre y se acercaba a tocarlo. Algo semejante ocurre con la mujer reducida a la palabra «pecadora»: Jesús no niega su historia —la misericordia no es la desmemoria—, pero tampoco consiente que esa palabra la agote, porque su vida es más extensa que su pecado, por lo que sigue estando al alcance de la gracia. El Señor no desprecia tales categorías en términos absolutos, pero sí las ve como insuficientes. Detrás del estigma, Dios ve una vida.

Diego Velázquez, El bufón don Sebastián de Morra (c. 1644).

Así pues, los invito a abandonar, al menos momentáneamente, las categorías generales y pensar en una sola persona. No en «los necesitados», que, junto a otras, es una expresión necesaria para nombrar realidades colectivas que de otro modo quedarían sin nombre, pero que poseen también el peligro de permitirnos hablar con enorme preocupación, y aun con verdadera elocuencia, acerca de decenas de miles de seres humanos sin habernos visto obligados a mirar a ninguno a los ojos. Todos podemos pensar en alguien concreto, en alguien cuyo rostro haya cruzado nuestro camino durante esta última semana. Quizá conocemos su situación y jamás le hemos preguntado su nombre; o conocemos su nombre y no sabemos absolutamente nada de su historia. Esa persona tiene a quienes ama y por quienes teme, guarda recuerdos que nosotros nunca sabremos y arrastra consigo una vida interior tan extensa, tan poblada y tan irreductible a palabras como la nuestra.

Nuestra doctrina ha de tocar tierra alguna vez en una vida así. De lo contrario, de nuevo, nos enseñará a hablar espléndidamente de la humanidad mientras permanecemos impasibles ante el ser humano que tenemos delante; nos adiestrará, incluso, a exponer la doctrina de la encarnación con todo el rigor y toda la emoción genuina, sin modificar en un ápice nuestro trato con una persona concreta, lo cual es probablemente la forma más refinada de blasfemia disponible para un cristiano culto.

Las palabras de Jesús en Mateo 7 son severas: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios…?». La respuesta que reciben es: «Nunca os conocí». No hay modo alguno en el que suavicemos estas palabras, pues señalan la incómoda perpetua posibilidad para toda vida religiosa (y tanto más cuanto más lograda parezca) de haber aprendido el lenguaje de la fe sin haber aprendido el corazón de Cristo. Es enteramente posible, es decir, pronunciar su nombre, conocer una que otra oración litúrgicamente apropiada y, en general, habitar los espacios de la iglesia con tanta soltura como uno fluye en su casa; incluso, podemos ejecutar obras que nosotros mismos interpretaríamos —y que otros nos ayudarían gustosos a interpretar— como señales inequívocas de «espiritualidad» y seguir a una ingente distancia de Aquel a quien creemos servir. En otras palabras, podemos decir «Señor, Señor» y nunca haberlo conocido bajo el rostro y la necesidad de otra persona.

No importa nada si la fe domina un vocabulario y unas costumbres rituales, y con ello edifica una identidad religiosa perfectamente reconocible, coherente, incluso venerable…, si nada de ello garantiza en lo más mínimo que haya aprendido a mirar la principal ocupación de la atención de Jesús: el enfermo, el hambriento, el extranjero, el despreciado, el pecador y el pequeño.

Vincent van Gogh, La ronda de los presos (1890)

El Cristo vivo nos sale al encuentro hoy. Nos sale al encuentro en el migrante que cruza el Suchiate emprendiendo hacia el norte un viaje cuyo término desconoce. Nos sale al encuentro en quien duerme junto a las vías del tren. Nos sale al encuentro en la familia que llega al final de la quincena contando lo que queda para comer. Nos sale al encuentro en el enfermo que espera desde la madrugada su turno en un hospital público. Nos sale al encuentro en el preso a quien nadie visita. Nos sale al encuentro en el anciano que pasa días enteros sin tener con quién hablar. Nos sale al encuentro en el niño autista que vive en un mundo que nunca se toma el tiempo de comprenderlo, y en sus padres, cansados de tener que explicar una y otra vez lo que su hijo necesita. Nos sale al encuentro en la madre que busca a un hijo desaparecido y remueve la tierra con sus propias manos, esperando no encontrarlo y, al mismo tiempo, necesitando encontrarlo.

No hay ningún misterio. Sabemos donde está el que vive. Podemos entrar en una iglesia, arrodillarnos, cantar y rodearnos de todos los signos por los cuales hemos aprendido a reconocer la presencia de Dios y sentir con entera sinceridad que estamos en su presencia; pero si hemos resuelto ignorar al Cristo que nos aguardaba afuera bajo el rostro del necesitado, entonces no hay templo, ni altar, ni canto, ni sermón, ni sacramento en ese lugar que pueda salvarnos; porque el templo mismo se habrá convertido para nosotros en el sepulcro, que es el único lugar donde Cristo nos ha dicho explícitamente que no está.

No busquemos entre los muertos al que vive. Si Cristo verdaderamente ha resucitado, entonces ya ha ido delante de nosotros y nos espera allí donde todavía no hemos llegado. En cada persona que necesita nuestro amor, nuestra misericordia o simplemente que nos detengamos a mirarla, Él ya ha vuelto. Quizá no lo reconozcamos de inmediato. Quizá pasemos a su lado sin saberlo. Pero Él estará allí, bajo un rostro distinto, esperándonos.

Salgamos a su encuentro.

Escribo estas palabras con gratitud a Dios y las pongo en sus manos, con la esperanza de que, aun con todas sus imperfecciones, puedan servir para su gloria.

Del Libro de Oración Común (2019) de la Iglesia Anglicana en Norteamérica:

Oh Dios, a quien santos y ángeles se deleitan en adorar en el cielo: permanece siempre con tus siervos en la tierra, que buscan, por medio del arte y de la música, perfeccionar las alabanzas de tu pueblo. Concédeles, aun ahora, verdaderos vislumbres de tu belleza, y hazlos dignos de contemplarla finalmente sin velo por siempre; por Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Por los músicos y artistas de la Iglesia)

Oh Dios, tú nos hiciste a tu propia imagen y nos has redimido por medio de tu Hijo Jesucristo: mira con compasión a toda la familia humana; aparta de nuestros corazones la arrogancia y el odio que los corrompen; derriba los muros que nos separan; únenos con vínculos de amor; y obra en medio de nuestras luchas y confusión para cumplir tus propósitos en la tierra; para que, a su debido tiempo, todas las naciones y todos los pueblos te sirvan en armonía alrededor de tu trono celestial; por Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Por la Familia Humana)

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